Conversación con Isabel Allende
Adelaida Bidot - Sara Rivas - Beatriz Navia

BN: Nosotros amamos la literatura; este es nuestro punto de partida. Así que vamos a intentar enfocar esta conversación hacia lo literario. Unas afirmaciones que Ud. dijo hace poco, nos han recordado a Marguerite Duras, quien aseguraba que el hecho de escribir es en sí mismo un acto gozoso y que más allá de los personajes y temas, el mero contacto con las palabras en una página en blanco es ya un placer y una experiencia difícil de escribir. Por ello, queremos pedirle que, utilizando símbolos o analogías, nos aproxime a algunas sensaciones que experimenta en ese encuentro casi sensual con la palabra escrita.
IA: Voy a tratar de responderte más bien de una manera práctica. Yo tengo una amiga a quien quiero mucho, que hace joyas artesanales, como los zarcillos que tengo puestos...
IA: Ella viaja por el mundo comprando piedras, huesitos, pedacitos de marfil, pedacitos de plata, en fin... Tiene un taller donde hay miles de cajitas con miles de cosas de diferentes colores y formas. Para hacer uno de estos zarcillos, los va poniendo pelotita a pelotita: la mira, no le gusta; la quita, pone una, pone otra. Muchas veces me invita para que vaya a su taller (soy la única persona que ella admite en su lugar) y durante horas hago collares o pulseras y me pierdo completamente en la maravilla de escoger la piedrecita que voy a poner allí. Y después que he tanteado mucho, resulta que no me gusta y cuando la cambio se me desequilibra y tengo que recomenzar. Ella dice que me pierdo completamente; que me hablan o suena el teléfono y no oigo. Que soy la compañera ideal, porque es como si yo no estuviera. Bueno, eso mismo me pasa cuando escribo. Voy poniendo una palabra y otra, y esta no me calzó y puse un adjetivo y entonces me quedó toda la frase demasiado larga o me quedó descompensada o desbalanceada. En defintiva, lo que hago con las manos es similar al trabajo artesanal con la palabra.
BN: Es artesanal, pero en el momento que se funde todo, se convierte en creación artística. Es más que algo manual, más que habilidad...
IA: Sí, es una especie de instinto que te dice qué es lo adecuado, qué es lo que vas a colocar o cómo lo vas a colocar. Un instinto que muchas veces se equivoca, pero uno aprende a confiar en el instinto cada vez más. Al principio había muchas dudas, más de las que hay ahora con respecto al lenguaje. En este momento tengo otro tipo de inquietudes, pero ya no tantas respecto al oficio artesanal de la escritura.
AB: ¿Entonces, cuando Ud. concibe una novela, no piensa necesariamente en la totalidad de la historia, sino que esta se va entretejiendo según su propio ritmo?
IA: Yo nunca hago un guión previo. Si me preguntas al principio de qué trata la novela, no te lo puedo decir. Podría decir vagamente que creo que va a ser una novela histórica, situada en tal parte y nada más; porque, la verdad, yo misma no lo sé. No hago el guión, porque las pocas veces que lo he hecho, soy incapaz de seguirlo. Los personajes se lanzan en su propia aventura, solos. Yo he aprendido con el tiempo a respetarlos, a dejar que ellos mismos se manifiesten, que hablen por sí mismos, que sigan el curso de su propio destino. Cuando interfiero para tratar de organizarlos a mi manera, no resulta. Por ejemplo, en Eva Luna, tenía más o menos planeado algo: los personajes son dos niños de la calle, huérfanos, pobres y sin educación. Ellos van a crecer en vidas paralelas y, en algún momento de la novela, se van a juntar para ser compañeros. Pero cuando coincidieron en la página 160, el tipo no me gustó nada y pensé: "bueno, si yo fuera Eva Luna, no me quedaría con este señor"...
SR: ¿Huberto Naranjo?
IA: Sí, él mismo. Me quedé a la mitad de la novela trancada, porque se me perdió el personaje masculino. Entonces necesité de alguien que viniera a rescatar a Eva Luna de ese callejón sin salida, y aparece el árabe Riad Halabí. Yo no conozco a nadie como él. Cuando apareció en mi imaginación ya venía con un nombre, con una presencia física y con un labio leporino. Era un personaje secundario que sólo iba a venir a salvarla, pero fue creciendo hasta que se convirtió en un personaje protagónico y después, incluso, reapareció en Los Cuentos de Eva Luna. Fue más fuerte que yo. Me ganó por cansancio o por presencia.
AB: Aun sin ese Plan, como Ud. dice, encontramos en sus novelas un orden tan lógico, que de momento reaparecen eventos o personajes que a lo mejor ya ni recordábamos. Específicamente en la novela La Casa de los Espíritus, aparece el episodio cuando Ana Díaz está despidiendo a su hermanito en el Colegio y le dice: “daría la vida por ti, Miguelito", y luego la voz del narrador interviene: “... no sabía que algún día tendría que hacerlo".
IA: A veces hago “trampas”. Por ejemplo, en un caso como ese, es posible que al terminar la novela, cuando Ana Díaz ya "haya dado la vida por el hermano", como recurso de suspenso, yo vuelva atrás y lo incluya. Pero, muchas veces, la organización se va dando sola, casi intuitivamente y cuando pasa lo que mencionas, escribo en un papelito la frase y lo pego con una chincheta en la pared, para que no se me olvide.
BN: ¿Requiere mucha memoria y además un ingenioso oficio de armar a fin de unir coherentemente los hilos de su obra?
IA: Sí, y como mi vida es complicada, porque tengo que viajar y hacer muchas cosas, esto es muy importante, pues tejer o bordar una novela supone manejar muchos hilos en la mano sin perderlos de vista.
BN: Creemos que, felizmente, sus obras evitan ser solemnes, lúgubres, excesivamente realistas o meros instrumentos de crítica social. Lo que hace posible, a nuestro entender, que vayan más allá del periodismo y que se imponga lo literario es que hay elementos estilísticos y enfoques temáticos propios de una buena literatura.
AB: Por ejemplo, ¿en función de qué aparece el humor: como sátira, como una crítica social o es una manera de representar a los latinoamericanos que recurrimos al humor para salvarnos, como un mecanismo de defensa?
IA: Si todo el mundo está mirando la situación desde un ángulo, el humor consiste en verla desde otro ángulo inesperado. Es un entrenamiento. Yo lo aplico permanentemente en mi propia vida. Me sale natural, no lo pienso. Aun en situaciones muy dolorosas siempre hay momentos en que uno se ríe. Entonces, en cada situación de la vida, salvo tal vez en la tortura, o en cosas de ese tipo, hay cosas que se prestan para el humor y a mí me sale en forma natural. Te da una especie de desprendimento de la situación.
BN: Además el humor es una manifestación de inteligencia. Refleja un sentido de percepción especial y puede ser un excelente medio para interpretar los aspectos más sencillos o los más trascendentes. ¿Tal vez por ello, cree Ud. que no es nada fácil escribir con recursos humorísticos?
IA: Yo creo que con humor se pueden decir cosas de una manera más eficiente. A veces un chiste de tres líneas cala más profundo que una columna de seis líneas. Es difícil escribirlo, porque es muy sintetizado; es como la poesía, que es síntesis, contraste.
IA: Te habrás dado cuenta que en lo que yo escribo no hay experimento con la forma. A veces cuento cosas del pasado o introduzco otra voz narrativa, pero no hay experimentos; es muy sencillo de leer. En ese sentido, creo que todas mis novelas se parecen un poco, son historias contadas de una manera muy sencilla y cronológica de la vida de alguien. Pero también, si tú lo piensas, muchas novelas tienen elementos picarescos.
SR: Se ha dicho que cuando una sociedad está en crisis es cuando florecen las artes, en este caso la literatura. En su caso específico, ¿surge la literatura como una necesidad de proyectar esa realidad, de reflexionar sobre ella, o como un escape?
IA: Yo diría que lo que determina es la represión. Las artes se duermen, esconden la cabeza y, cuando cambia la situación, resurgen con nuevo vigor. Es lo que está ocurriendo en Chile, lo que sucedió en España después de Franco y lo que sucede cada vez que hay un gobierno represivo donde hay censura. Los escritores y los artistas o se van, o se esconden, o se callan. Pero durante ese periodo han acumulado una gran fuerza creativa que después se manifiesta como un Renacimiento. En mi caso, me fui de Chile y no viví el largo periodo de represión. Pero, sin duda, yo he repetido que mi vida se marcó el día del golpe militar. Fue una crisis tan brutal que fue como un hachazo que cortó mi vida en dos partes. La escritura, la ficción, nació después, como una necesidad de recuperar lo perdido. Ahora que miro para atrás, digo: eran las raíces que buscaba. Buscaba un territorio seguro que yo pudiera llevar conmigo, donde plantar las raíces, como un pote de tierra donde meterme. Eso fue la escritura; ahí he ido plantando recuerdos, memorias, pensamientos; todo lo que yo soy como ser humano se ha ido volcando en esas páginas que escribo, que son muchas ya, desde entonces. Siempre digo que la escritura es para mí un ejercicio de sobrevivencia. Es lo que me salva a veces de la locura, a veces de la depresión, a veces del suicidio. Y me ha salvado el ejercicio cotidiano de escribir.
AB. Es lo que sostenía Freud: que lo que a una persona la convierte en neurótico a un escritor lo convierte en artista. Esto, que se ha señalado como una función "liberadora" de todas las ansiedades y sensibilidades, ¿podría también hacerse extensivo a una especie de función catártica y creadora de la literatura hispanoamericana?
IA: Creo que sí, y además pienso que la literatura latinoamericana ha tenido una función copérnica, desde hace mucho tiempo. Desde Sor Juana Inés, quien fue la primera feminista, nuestra literatura ha tenido esa función de narrar Latinoamérica hacia el mundo y de “narrarnos nosotros a nosotros". Es decir, al poner en palabras quiénes somos, entonces, somos. Me es difícil explicarlo...
BN: ¿Algo así como construir la realidad con la literatura?
IA: Sí, efectivamente, se construye en la literatura. Esa es una función que ha tenido la literatura latinoamericana desde hace mucho tiempo. Pienso que esto pasó con el “boom": creó un coro de voces diferentes pero armoniosas que contaron quiénes y cómo somos. Porque hasta entonces teníamos la visión que el europeo nos quería poner como un espejo. "Uds. son estos salvajes", nos dijeron. Y desde el interior de nosotros nació esa voz que dijo: "No, nosotros no vamos a contarnos con ese lenguaje, ni con esas imágenes. Somos otra cosa". Establecieron así quiénes somos para nosotros primero y luego para los demás.
BN: Es en esta especie de "caos lógico" de América Latina, en este maravilloso y complejo cosmos, mezcla de fatalidad y de alegrías donde se funde la tradición con lo nuevo. Lo que con tanto acierto el “realismo mágico" ha podido representar ¿Cree Ud. que sigue siendo una veta inagotable para un escritor?
IA: Hay un interés nuevo por lo que escriben las mujeres y eso abre nuevas puertas. Aún así, pienso que nuestro continente es una fuente inagotable de creatividad. Hay una gran consistencia; es asombrosa la continuidad de nuestra cultura y tú lo encuentras como un hilo conductor del inconsciente colectivo y de la historia, de las leyendas y de la geografía que se manifiesta en todas las artes, no solamente en la literatura. Esta magia ya la vieron los conquistadores cuando llegaron aquí.
B.N: En relación al reciente aporte literario de las mujeres, apreciamos en su obra el particular manejo del amor; del amor de parejas, del amor erótico, presentado unas veces con humor, otras, en su estado más instintivo, otras en un marco más sublime. ¿Ud. forma parte de la generación que empezó a hablar sin miedo del erotismo?
IA: El erotismo me sale fácil en la literatura. He descubierto una especie de fórmula que me funciona muy bien tanto para el erotismo como para la violencia. Utilizo más o menos el mismo mecanismo: no entro en detalles, sino que creo la atmósfera de lo que está ocurriendo. Creo un ambiente en el que se sienta la textura de la sábana, en el que se huela el sudor, en el que se perciba el calor, en que los sentidos del lector penetren en la atmósfera de esa escena y que el mismo lector cree la escena y se quede con la impresión de que ha leído una escena profundamente erótica, pero la verdad es que no lo es. Es más sensual que propiamente sexual. En las escenas de gran violencia, por ejemplo, de tortura o de violación, creo también una atmósfera de terror, de miedo, en la que no digo exactamente qué le hacen, sino que solamente describo el sonido, lo que se oye y el lector imagina todo lo que está pasando.
AB: Su literatura podría considerarse una literatura testimonial...
IA: Me siento con la libertad de darle la vuelta y de convertirla en ficción, pero la verdad es que tomo las historias de la vida real. Mira la carta que me llegó el otro día, con una historia como "regalo". Quien cuenta es la recepcionista de un hospital de rehabilitación de alcohólicos en Western Colorado y dice que una noche recibe a una mujer borracha y casi inconsciente con el vestido de novia hecho girones y un bouquet de flores todas marchitas. Yo le contesté que no me averiguara nada. Hasta ahí era suficiente. Por donde lo agarres es un relato maravilloso en términos literarios: si es ella la novia frustada que terminó haciendo el amor con un desconocido sobre los rieles, ya esa es una historia; si se encontró el vestido en la basura, hay otra novia que lo tiró y es otra historia.
SR: ¿Corresponde su visión del mundo con la filosofía de predestinación que aparece en su narrativa?
IA: Yo no soy tan fatalista como aparece a veces en las novelas, con esa sensación de destino inexorable. Yo creo que existe el destino, pero que uno lo puede más o menos manejar y convertir una situación en positiva o en negativa. Soy fatalista en ciertos aspectos, y creo que hay cosas que están escritas. Es determinante, en tu biografía, dónde naces, cómo naces, en qué familia; si eres hombre o mujer, si eres sano o enfermo. Todo está predeterminado en tus genes y uno no tiene ninguna elección. Pero de ahí al fatalismo literario que aparece en mis novelas, no.., no tanto.
BN: En su trabajo novelístico está presente el problema de la migración, de la identidad, del sentido de pertenencia y de la pérdida de raíces. Me gustaría que Ud. me dijera qué pierde y qué gana una persona que se aleja de sus raíces.
IA: Para mí, y creo que para mucha gente, el exilio fue una experiencia positiva. Me obligó a encontrar, dentro de mí, fuerzas que no sabía que tenía; me enseñó a usarlas. Me obligó a abrirme al mundo y sentir que no pertenezco a un lugar, sino a una región más amplia; a integrar en vez de desintegrar, a incluir en vez de excluir. En ese sentido, fue muy positivo. Me obligó a plantar raíces en la literatura, en la memoria y a llevarlas conmigo. Hay una frase de un personaje de Bertold Bretch que es muy linda. El dice: "Yo soy un hombre que va con un ladrillo bajo el brazo para mostrarle al mundo cómo es mi casa". Mi ladrillo es La Casa de los Espíritus, tiene el tamaño y hasta el peso de un ladrillazo. Este es el universo que yo he creado para mí y todas mis novelas posteriores lo van conformando. De manera que no ha sido negativo. Vamos a integrarnos, vamos a tener dos lenguas, dos culturas. De esto se trata: de no perder. En fin, no creo que perdemos, sino que ganamos.
BN: Intentemos conectar el tema de la fatalidad con el del amor que se mencionó anteriormente. En sus novelas se traduce cierto fatalismo en el amor; por ejemplo, muchas de las parejas protagónicas no pueden eludir el cerco destructivo de su contexto socio-cultural.¿Es esto un destino latinoamericano o un destino universal.? ¿Será que el amor tiene demasiadas dificultades para desplegarse?
IA: Creo que el amor viene así como chispazos.. Pero el amor pasión nunca se da de una manera eterna, aunque a veces puede ser prolongado, porque mi primer matrimonio duró casi treinta años. Sin embargo, creo que el amor pasión contiene en sí mismo la semilla de su destrucción. Y si uno tiene la inteligencia y la capacidad y la complicidad de transformarlo en otra cosa, perdura, pero el amor pasión no creo que se mantenga por mucho tiempo.
AB: García Márquez escribió un ensayo que titula ¿Una entrevista? No, gracias, en el que expone su eterno temor a las entrevistas, a las que por ética -siendo él periodista- no puede negarse. Dice sentirse desolado al comprobar que en cada una de ellas se repiten las mismas preguntas (para las que trata cada vez de inventar nuevas respuestas). Lo peor de todo, según él, es cuando concluyen con: "¿Hay algo, que usted hubiese querido que le preguntaran?" ...Mientras tanto, dice él, sigue esperando al entrevistador de su vida...como al amor.
IA: No lo conocía, pero fíjate, yo no encaro la entrevista como el amor, sino como una conversación. Siempre me planteo, sobre todo cuando es una periodista mujer, que estamos conversando como a la hora del té en una cocina. Se me olvida de que es una entrevista, por eso a veces digo cosas que no debería decir.
BN: Lamentablemente muchos sectores ven el oficio y la producción literaria con indiferencia, consideran que al no ser "rentable", carece de importancia y la literatura es vista con desdén. ¿Qué argumentos utilizaría Ud. para intentar revalorizar el poder creador de la palabra escrita?
IA: Yo creo que la humanidad tiene necesidad de historias. Tan antigua como la humanidad misma es la necesidad que tenemos de la historia que nos explica a nosotros mismos. Hay muchas clases, pero algunas perduran, se repiten y se transforman. Es como un mito que se expresa a través de ellas. Yo creo que nuestros tatarabuelos, sentados alrededor del pueblo, en esos inviernos eternos de la Edad de Piedra, ya estaban escuchando historias. Las historias son a la sociedad lo que los sueños son al individuo. Si nosotros como seres humanos no soñamos, nos volvemos locos. El sueño despeja la mente, el ruido, ordena simbólicamente; revela secretos, nos enseña sobre nosotros mismos. El cuento, la historia, la narración, tienen el mismo efecto a nivel colectivo. Eso se puede hacer de muchas maneras: a través de la poesía, de forma oral o del cuento repetido que pasa de una generación a otra desde épocas donde no existía la palabra escrita. O, también, con las formas más elaboradas de la literatura más sofisticada. Pero en el fondo, es la misma necesidad que el hombre tiene de escuchar. En ese sentido cumple un fin primordial para la sociedad. Es la función de explicar un tiempo, un momento, un evento, un sentimiento para el colectivo. Y se convierte en obra perdurable o trascendente cuando explica algo que interesa a muchas personas. Cuando Kafka escribió La Metamorfosis, parecía una pesadilla de un hombre que vivía neuróticamente. Pero esta novela contemporánea toca un momento del alma colectiva y se erige en símbolo de un tiempo. Solamente el tiempo puede probar qué es una obra de arte. Es curioso, porque a pesar de que hay ese desprecio a la literatura, siguen existiendo libros, sigue habiendo gente que lo único que puede y quiere hacer es escribir, aunque se muera de hambre. Yo siento que el escribir es una celebración de la vida. Son las ganas de contar, de contar las historias de los demás, de comunicarse. Gabriel García Márquez dijo una vez que "escribo para que mis amigos me quieran más". Yo pienso que yo escribo para que la gente se quiera más. Como una celebración de la vida.
NUESTROS COMENTARIOS
hace 1 año
hace 1 año
hace 1 año
hace 1 año
hace 2 años
hace 2 años
hace 2 años
hace 2 años
hace 2 años
hace 2 años